Aceptar a tu pareja como es: cuando te enamoras de su potencial y no de su realidad

A veces, la parte más difícil de una relación no es aprender a comunicarnos mejor, resolver los conflictos o comprender las heridas del otro.

A veces, lo verdaderamente difícil es algo mucho más incómodo:

aceptar que la persona que tenemos delante es quien es, y no quien creemos que podría llegar a ser.

Porque podemos querer profundamente a alguien y, al mismo tiempo, llevar meses o años relacionándonos más con su potencial que con su realidad.

“Si aprendiera a comunicarse…”

“Si fuese un poco más cariñoso…”

“Si trabajara sus inseguridades…”

“Si madurara…”

“Si algún día se diera cuenta…”

“Si fuese a terapia…”

Y sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si queremos compartir nuestra vida con la persona que tenemos delante y empezamos a preguntarnos cómo conseguir que se convierta en la persona con la que sí querríamos compartirla.

Y son preguntas muy diferentes.

No puedes construir una relación con el potencial de alguien

Una persona puede tener un potencial enorme.

Puede tener capacidad para ser más afectuosa, responsable, comunicativa, comprometida o emocionalmente disponible.

Incluso puede ser evidente para nosotros qué tendría que hacer para conseguirlo.

Pero que alguien pueda cambiar no significa que quiera hacerlo.

Y que quiera hacerlo tampoco significa necesariamente que vaya a conseguirlo.

El cambio psicológico requiere consciencia, motivación, responsabilidad, constancia y, sobre todo, una decisión personal.

No podemos recorrer ese proceso por otra persona.

Sin embargo, cuando queremos mucho a alguien, podemos caer en una trampa especialmente dolorosa:

intentar compensar con nuestro esfuerzo aquello que el otro todavía no está dispuesto a trabajar.

Cuando amar empieza a convertirse en un proyecto

Entonces hablamos más.

Explicamos mejor.

Tenemos más paciencia.

Buscamos otra forma de decírselo.

Le recomendamos terapia.

Le enviamos información.

Intentamos comprender su historia.

Justificamos determinadas conductas por sus heridas.

Cambiamos nuestra manera de comunicarnos.

Reducimos nuestras necesidades para no presionar.

Esperamos.

Perdonamos.

Volvemos a intentarlo.

Y puede llegar un momento en el que la relación deja de sentirse como un vínculo entre dos adultos y comienza a parecerse a un proyecto de transformación personal de uno de ellos dirigido por el otro.

Esto puede generar muchísimo desgaste.

Porque ya no estamos únicamente amando.

Estamos educando, acompañando, esperando, corrigiendo, anticipando y sosteniendo.

Y, sobre todo, estamos invirtiendo emocionalmente en una versión futura de nuestra pareja que quizá nunca llegue.

Quizá no estás eligiendo a esa persona, sino el papel que esperas que desempeñe

Esta reflexión puede resultar incómoda, pero también profundamente liberadora.

Cuando necesitamos que alguien cambie demasiadas cosas para poder estar bien a su lado, quizá deberíamos preguntarnos:

¿Estoy aceptando realmente a esta persona?

¿O estoy intentando moldearla para que encaje en la idea que tengo de cómo debería ser mi pareja?

Porque existe una diferencia entre pedir cambios razonables dentro de una relación y necesitar una transformación profunda del otro para que la relación pueda funcionar.

Todos podemos modificar comportamientos.

Todos podemos aprender a comunicarnos mejor, responsabilizarnos de nuestros errores o trabajar determinadas dificultades.

Una relación saludable también implica adaptación mutua.

Pero adaptación no significa reconstruir la personalidad del otro.

Si para poder estar bien necesito que mi pareja sea mucho más afectuosa, mucho más ambiciosa, menos independiente, más sociable, más sexual, menos emocional, más comunicativa o completamente diferente en aspectos esenciales, quizá el problema no sea únicamente que esa persona “todavía no haya cambiado”.

Quizá exista una incompatibilidad que nos cuesta aceptar.

“Pero sé que podría llegar a ser una pareja increíble”

Puede que tengas razón.

Quizá podría.

Pero una relación no se construye con posibilidades.

Se construye con comportamientos presentes.

Por eso, una pregunta especialmente importante en terapia de pareja puede ser:

Si esta persona permaneciera exactamente como es ahora durante los próximos cinco años, ¿seguiría eligiendo esta relación?

No pensando en quién podría llegar a ser.

No pensando en lo que ocurriría si empezara terapia.

No pensando en cómo sería si finalmente entendiera lo que necesitas.

No pensando en la versión de esa persona que aparece durante unas semanas después de cada crisis.

Tal y como es hoy.

La respuesta puede aportar mucha información.

El sacrificio puede convertirse en una deuda emocional

Cuando invertimos muchísimo esfuerzo intentando que nuestra pareja cambie, puede aparecer además una expectativa silenciosa:

“Después de todo lo que he hecho, algún día esto tendrá que compensar.”

Y ahí comienza otra trampa.

Cuanto más hemos invertido, más difícil resulta marcharnos.

Porque irnos no significa únicamente perder la relación.

También parece significar aceptar que todos esos años de paciencia, conversaciones, oportunidades y sacrificios no produjeron el resultado que esperábamos.

Por eso podemos seguir invirtiendo.

Un poco más de paciencia.

Una conversación más.

Otra oportunidad.

Otro límite que posponemos.

Pero el esfuerzo pasado no garantiza el resultado futuro.

Y continuar sacrificándonos únicamente porque ya hemos sacrificado mucho puede mantenernos durante años en relaciones que no satisfacen necesidades importantes.

Comprender a alguien no obliga a quedarte

Esta es otra de las grandes dificultades.

Podemos entender perfectamente por qué nuestra pareja es como es.

Podemos conocer su infancia.

Sus heridas.

Sus miedos.

Sus experiencias anteriores.

Podemos comprender por qué le cuesta expresar afecto, comprometerse, confiar, poner límites o hablar de determinadas emociones.

Y esa comprensión puede ayudarnos a mirar al otro con mayor compasión.

Pero comprender explica; no necesariamente justifica ni obliga a tolerar.

Puedo comprender por qué eres así y reconocer, al mismo tiempo, que yo no puedo vivir bien con ello.

Ambas cosas pueden coexistir.

Aceptar no significa resignarse

A veces confundimos aceptación con aguantar.

Pero aceptar a nuestra pareja como es significa algo diferente:

dejar de negociar mentalmente con la realidad.

Significa poder decir:

“Esta es la persona con la que estoy.”

“Estas son sus cualidades.”

“Estas son también sus limitaciones.”

“Esto es lo que actualmente puede ofrecerme.”

Y entonces aparece la verdadera decisión adulta:

¿Puedo elegir esta relación tal y como existe hoy?

Si la respuesta es sí, la aceptación implica dejar de castigar constantemente al otro por no convertirse en alguien diferente.

Pero si la respuesta es no, aceptar la realidad también puede llevarnos a reconocer que necesitamos marcharnos.

A veces, amar también significa dejar de intentar cambiar al otro

Esta quizá sea una de las paradojas más difíciles de las relaciones.

Podemos querer muchísimo a alguien y no ser compatibles con esa persona.

Podemos reconocer todo su potencial y decidir no esperar a que lo desarrolle.

Podemos comprender sus heridas y decidir que no podemos seguir viviendo las consecuencias de ellas.

Podemos creer sinceramente que algún día cambiará y, aun así, reconocer que nosotros no tenemos que quedarnos esperando para comprobarlo.

Porque querer a alguien no nos concede el derecho de convertirlo en la persona que necesitamos.

Pero tampoco nos obliga a permanecer en una relación que solo funcionaría si el otro fuese diferente.

Quizá una de las formas más profundas de aceptación sea mirar a nuestra pareja sin añadir mentalmente un “cuando cambie”.

Ver lo que hay.

Reconocer lo bueno.

Reconocer también aquello que nos duele o que no podemos tolerar.

Y preguntarnos:

¿Quiero a esta persona o quiero la persona que imagino que podría llegar a ser?

Porque una relación no debería necesitar que uno se desviva para construir la versión ideal del otro.

El trabajo emocional de una relación puede mejorarla.

Pero no debería consistir en transformar a nuestra pareja a nuestra imagen y semejanza.

Y, a veces, el acto más difícil no es conseguir que el otro cambie.

Es aceptar que quizá no lo haga y decidir qué queremos hacer nosotros con esa realidad.